El quehacer esencial de la universidad es proporcionar un ambiente que favorezca el desarrollo y la realización de todos sus integrantes, y a través de ellos beneficiar a la sociedad entera. La ética universitaria tiene a su cargo mostrar medios y elementos convenientes y debidos para la construcción de ese ambiente y el cumplimiento de sus fines.

Más que repartir y derramar “ciencias”, debe de sembrar el entendimiento crítico con poder de discernir, de reconocer, de descubrir lo que podemos conocer de la verdad de las personas y de las cosas. Relacionada con el tema de verdad surge la necesidad ética de la responsabilidad social como expresión de justicia, indispensable también para el cambio social.

Muy pocas veces los universitarios (estudiantes, profesores, funcionarios) se esfuerzan en inventar el cambio y menos en promoverlo. La inmensa mayoría de ellos pertenecen a la notable y reducida esfera de beneficiados, y por eso procuran la permanencia y fortalecimiento de las teorías, sistemas, políticas y cosmovisiones que han mantenido la fortaleza de los propios privilegios.

La universidad debe formar en los estudiantes un criterio de justicia a partir del sentido común, y de las virtudes éticas de la justicia social. Esta labor universitaria es muy difícil, porque las ideas de dominación se heredan, se reproducen, se defienden como los propios bienes. Estas ideologías se trasmiten de padres a hijos casi por procesos genéticos, pero, además, los mismos grupos de poder construyen las instituciones sociales, políticas, financieras para custodiar sus inmensos intereses: medios de comunicación, partidos políticos, legislación, consorcios industriales y comerciales en el ámbito nacional e internacional.

Una universidad puede escapar de estas perversiones y complicidades si forma en sus estudiantes una clara y fuerte conciencia de responsabilidad social y si ella misma se compromete con la justicia. Hay algunos medios indispensables para la formación de esta conciencia ética en la educación. Por la esencia del quehacer universitario, la evidencia intelectual ha de ser el medio más poderoso.

Sin embargo, una cosa es saber qué es la justicia y otra cosa es ser justo; una cosa es saber qué debemos hacer y otra cosa más difícil es hacer lo que debemos. Por eso las evidencias racionales de la responsabilidad social deben ser tan fuertes que muevan a la acción de la justicia. Mucho ayuda en este proceso la mostración de las terribles injusticias sociales que sublevan cualquier sensibilidad humana que no ha sido destrozada.

Otro medio indispensable para la formación de la conciencia ética de responsabilidad social es la práctica de la justicia institucional. Una universidad forma hábitos, actitudes justas si es una universidad donde gobierna la razón y se vive la justicia, donde los estudiantes puedan encontrar los medios y oportunidades convenientes para su desarrollo personal en los planos intelectual, estético, espiritual y moral. Donde los profesores investigan, generan y comunican conocimientos, muestran caminos deseables con sus propias vidas, comunican a sus alumnos el placer de saber, pero también disponen de posibilidades económicas académicas y culturales para crecer y proyectar su crecimiento.

Allí los funcionarios están preparados para organizar, decidir, ordenar, innovar, gobiernan y se encargan de ordenar fines y medios de la universidad en todos sus niveles y las personas de la administración y de servicio hacen muy bien lo que les corresponde pero reciben un salario justo y justicia conmutativa y además cuentan con elementos para cultivarse y poder ascender a desempeños más deseables y de mayor calidad.

Otro elemento muy importante para la formación de una conciencia éticamente responsable es un verdadero servicio social. El estudiante debe tener conocimiento de la realidad nacional: las hirientes diferencias sociales, la pobreza, el desempleo, la desesperación de los que carecen de un refugio, los obligados a un trabajo humillante por la necesidad, los marginados de los servicios de salud, de educación, de posibilidades mínimas de una vida con elemental dignidad. Los estudiantes deben conocer esta realidad y, mejor todavía, deben experimentarla y procurar solucionarla según sus posibilidades.

Se necesita una universidad como inteligencia crítica de la sociedad, como recinto de humanidad y de dignidad, que sirva inmensamente a la sociedad con la generación del saber, con la trasmisión y proyección de la verdad, que no sea servil a los grupos de poderes políticos o económicos, que mantenga su libertad y autonomía, que aporte soluciones a los problemas sociales.